
El secreto del huevo azul
Hace 14 horas
a Casa de los Gentiles
sa. Pero pronto comprenderá que aquellas tierras montañosas, aquel estrecho villorrio encogido contra las rocas, esconden en su seno secretos anteriores a la propia cristiandad. Así, entre las intrigas de monarcas y herederos, las intrigas dentro de la propia familia, y la presencia invisible de unos seres a quienes llaman “gentiles”, se desarrolla una trama que no terminará hasta que cada cual satisfaga sus ambiciones.
La gastada tela del sillón había perdido, tiempo atrás, el brillante color original. Ahora, un blancuzco sucedáneo cubre el tapiz donde destaca la macilenta figura del anciano. Miles de amplias arrugas aran su rostro erosionado, y una flácida barba resalta el desagradable aspecto de aquella faz enfermiza. Una oscuridad difusa cubre los pequeños ojos, y un levísimo tic nervioso asoma, esporádicamente, a su labio superior. Una mano huesuda, repleta de arrugas y remotas marcas de remotas heridas, permanece apoyada en el brazo de la butaca. La otra, igual de decrépita, acaricia la culata de un viejo pistolón de un solo tiro. Un enverdecido candelabro ilumina la estancia de su luz tenue. A su nervioso mandato las sombras se esparcen por el salón, reptan bajo las mesas, trepan por estanterías vacías y rodean amenazantes al frágil anciano que, asustado, espera. No resulta fácil saber el tiempo que lleva allí, recostado contra el asiento mientras las velas se consumen a su izquierda. Pero, cuando los primeros ruidos suenan en el piso superior, las bujían están cerca de exhalar su último suspiro. La mano derecha empuña, con insegura firmeza, el antiguo arma. Levanta el percutor, que gime cansado, y clava su borrosa mirada en la puerta aun cerrada. Arriba, los crujidos son ahogados, silenciosos. El levísimo deslizar de un pequeño mueble sobre las vigas carcomidas. Golpes apenas perceptibles seguidos de un extraño goteo seco. Luego, un ruido indefinible, más fuerte, y, después, un mutismo absoluto, un mutismo denso, cargado de electricidad, peor que los lúgubres sonidos de la mansión vacía y crispa los nervios del anciano, casi agonizante en su demencia. Y entonces, el estallido. El estruendo de una de las cristaleras. Millones de fragmentos diminutos esparcidos por el suelo, justo sobre su cabeza, mientras el pánico más salvaje se apodera de su ser y el cuerpo salta inconsciente. Pero se recupera y regresa al sillón. Allí permanece, alerta, aterrado, la pistola temblando al ritmo de sus dedos mientras escucha un nuevo sonido. La tarima del suelo gimiendo al son de unos pasos vacilantes, unos pasos huecos, como ruido de huesos al rozar con la madera. El peculiar “clic” de la puerta que se abre y, de nuevo, aquello que se mueve descendiendo sin prisa. Ahora, mientras los escalones se quejan bajo un peso imposible, el anciano enloquece de terror. Es sólo un pobre viejo, un sencillo ser que desea vivir en paz los efímeros años que le quedan. Pero él empezó aquello. Es su deber terminarlo. Para siempre. Pero el miedo . . . Lentamente se abre la puerta. Ninguna cerradura gira. El chirrido penetrante de unos goznes oxidados se introduce hasta los tuétanos del hombre. La pistola no se mantiene fija en ningún sitio, y una furtiva lágrima se deslizó por la mejilla erosionada. En un sólo segundo recorre su pretérita felicidad. La esplendorosa mansión que una vez fue, los magníficos jardines salpicados del aroma de los manzanos. Recuerda el rostro de su esposa, la belleza de su existencia. Y ahora . . . Una mujer aparece en el umbral. Un cuerpo cargado de años, cubierto con una sábana cuyos pliegues flotan en la noche. Un rostro cansado, vencido por la edad. Una boca sin dientes que trata de esbozar una horrenda sonrisa. Restos de tierra húmeda adheridos a su cuerpo. Las cuencas vacías se iluminan de amor. En su frente, un agujero de bala muestra el interior vacío de su cráneo. Y en sus brazos, delicadamente acunado, el putrefacto cadáver de un bebé agita al viento sus bracitos. Y el anciano dispara. La sonrisa de la mujer se hace más amplia. Arrastra sus pies desnudos hacia el sillón y murmura con suavidad: -”Hoy es nuestro aniversario, cariño”-. Las velas se apagan y, fuera, en el jardín, un perro mestizo lanza un aullido asustado. La noche guarda silencio.
Muchos meses de silencio. Arriba, entre las piedras dormidas del Armañon, la casa De Llano sigue vigilando, fruncido el ceño, arrogante la faz de su fachada, el intranquilo sueño de Merueche. La vida sigue, a pesar de todo, y los sucesos que, en los albores del siglo XII, sacudieron a ese pequeño villorrio, parecen haberse difuminado en al memoria.
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